Tenía la mirada fija en la nada. Estaba, una vez más, de vuelta a casa, en ese viaje que parecía interminable y que sólo le servía para ponerlo de cabeza. Triste, desolado, solo al fin. Así se sentía cada vez que regresaba, pese a que teniéndolo todo, no le quedaba nada.
-
Más allá de las cosas de la mente, su corazón latía fuerte, le dolía de vez en cuando, en sincronización con algunos eventos que pasaban frente a sus ojos como una película vieja de un celuloide demasiado proyectado.
-
Se quedaba dormido de a ratos. Luego volvía a despertar en medio de la oscuridad anhelando un sitio donde quedarse y no moverse más. Separaba en dos líneas su vida, a veces la colocaba sobre una balanza, otras veces la medía, la pesaba. Aún así no sabía qué hacer con ella.
-
Quiso venderla y lo estafaron, intentó regalarla y se la rechazaron. Estaba por dejarla tirada en cualquier parte, pero entonces, en una esquina de la nada, tropezó con un par de ojos que la aceptaría sin palabras.
Desde hace mucho los fines de semana son una tortura, una pesadilla. Semejante a caminar por un pasillo oscuro con los ojos abiertos, a tientas porque no alcanzas a ver un mínimo rayo de luz. Los fines de semana son un bache, antes eran un refugio, ahora sólo son un bache.
-
Acostumbraba(mos) a descansar física y mentalmente. Nos recostábamos y nos desconectábamos del exterior para unirnos en nuestro espacio de 4 por 5 metros. Girasoles, masajes en el cuello, caricias en la frente, fresas… El mundo se movía más lento, a nuestro ritmo. Y realmente dormíamos. Éramos los únicos capaces de procurarnos tranquilidad tan sólo con la presencia, la mano en la cadera o la mirada serena.
-
Separados evitablemente. Todavía sollozamos. Ya nos vamos r e s i g n a n d o. La comida se enfría y los ojos, petrificados frente a la pc, apenas parpadean. Los sonidos traicionan y hacen que nos mordamos los labios para contenernos.
-
No te derrumbes aunque hayas muerto por dentro. La vida nos mantendrá unidos inevitablemente por nuestro querer. Nuestras voces son los únicos calmantes efectivos, así que volveremos por nuestra droga, dolorosa, pero efectiva. La confianza quedará para darnos buenos consejos por todo el cariño celosamente construido. Nadie podrá sustituirnos.
Vamos en carriles distintos, él a la derecha y yo a la izquierda. Pretendemos cambiarnos de sitio para estar juntos, pero entonces cuando lo hacemos, sucede al mismo tiempo; entonces, él va en el carril de la izquierda y yo a la derecha. Nos metemos en nuestras mentes y pensamos: “aquí todavía estamos crudos”. Luego en voz alta nos decimos: “¡pasa el duelo!”. Y no se ha podido. Todo está muy nuevo. Su, mi, sus, mis, nuestras personalidades, costumbres y caprichos. Pausa. “Porque no se puede ir corriendo, cuando debemos estar caminando tranquilos”. Aja. Así es. ¿Y ahora?. Pausa.
Hoy es uno de esos días en que me siento en el borde de la cama esperando que todo haya cambiado. Que sólo haya pasado una pesadilla. Que levantarme a las 2:30 de la mañana sólo sea parte de un sueño odioso que no deja descansar lo necesario. No. Sigo aquí. Miro a mi alrededor, todo sigue igual. Cierro los ojos y miro dentro de mí. Allí es donde veo los cambios.
-
Hago mis estiramientos y abro el clóset pensando en que hoy es un día difícil para elegir qué vestir. En mi cabeza sólo pienso en algo cómodo, nada ajustado (porque pasaré mucho tiempo sentada) y nada demasiado informal que atente contra el estado de ánimo de la directiva, que inevitablemente podría terminar por arruinarme el día. A veces detesto vestirme.
-
Me estoy cuidando de ser ermitaña. Estoy haciendo un esfuerzo gigante para disimular mi estado de ánimo. Qué te digo… a veces pasa.
No te preocupes por la luz, sólo no te dejes encandilar, cierra los ojos de vez en cuando para que te acostumbres al panorama y a los ánimos.
Abre bien los ojos para que te des cuenta de lo que estas haciendo.
No te preocupes por las llamadas perdidas, sólo se trata de un tabú personal, por lo que contestar, más allá de cuarenta al día, no va dentro de mi estilo de vida.
Deja las angustias para las hormigas, sírvete un poco de agua y descansa en el sofá unos diez minutos.
Deja los zapatos allí juntitos, alivia tus tensiones y no dejes que la brisa caliente enfríe tu sopa.
Camina con confianza, ve por allí derechito, donde veas el anuncio que dice: “curva peligrosa”, disminuye la velocidad, no querrás estrellarte.
Camina a tientas ¿si? En realidad es el único consejo serio que puedo darte.
Acá estoy otra vez forzándome para escribir. Tengo que hacerlo sino pierdo. Estos días han sido un frasco de pepinillos con pimienta. Y mientras voy sacando la basura, limpiando el escritorio y poniendo en orden mi cabeza, voy puntualizando las cosas que en estos días he detestado más.
Odio cuando mis pensamientos me atropellan y no me dejan en paz.
Odio despertar a las 3 de la mañana a pensar en pendejadas.
Odio que no dejen que me concentre en las ideas, las sensaciones que hay que transmitir con los textos.
Odio que la gente crea que por ser periodista se deba cargar con los problemas de todo el mundo,
mucho peor,
o d i o que la gente crea que somos semejantes a seres extraterrestres con poderes sobrenaturales.
Detesto a la gente que da opiniones sin tener un mínimo de conocimiento de lo que está diciendo,
Detesto que la gente asuma una soberbia rídicula sin un mínimo de humildad.
Pero SOBRE TODO…
Odio a quienes quieren vernos cara de idiota y aprovecharse.
… Pfff. Hoy ha sido uno de esos días..
Ver a P e l u s a durmiendo es lo máximo…
Le echaba de menos. Demasiado para el poco tiempo que tenían de conocerse. Ya habían acumulado más horas de conversación que una relación de años. Aun así, la inevitable sinrazón de estar apegado a sentimientos añejos y marchitos no les permitía unirse. En su casa, sentado en un pequeño balcón con vista al valle urbanizado, pensaba en su mirada y lo especial que era cuando sonreía, tenía esa picardía que tanto le gustaba. Sorbiendo un poco de su café tibio y saboreando su cigarrillo, recordaba la sensación de pasar las manos por su cabello y de sentir la suavidad de su piel. Rebotaba en su mente, una y otra vez, lo encantadora que era. Y sintió un pinchazo en el pecho. Algo le decía que estaba herido sin remedio.
Vivo con una paz inexplicable,
siento bienestar de no-se-qué.
Espero que dure mucho tiempo.
-
Se caerá el mundo a mi alrededor,
aun así,
mantendré mi mirada serena
y mi andar parsimonioso.
-
Las conversaciones ya están gastadas,
demasiado usadas,
suficientes.
-
Ya no pasa nada ni dentro ni fuera.
Que sirva más vino
y alarguemos la conversa,
cualquiera que sea,
ya no pasa nada.