Cada día aprecio más el café dulce que haces en las mañanas y extraño el calor que se pasa en las tardes. Extraño tus besos tibios en mi espalda y el abrazo fuerte cuando sale el sol. Me encanta cuando te metes en mi melena y respiras profundo como queriendo absorberlo todo. Te adoro mor.
Desde hace unos días traigo un sinsabor que de a ratos se va haciendo salado, amargo, agrio, ácido. Igual de voluble va mi estado de ánimo, alimentado por los malos ratos, las tristes situaciones ajenas y personales, y las pesadillas que aturden de ellas.
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En casa, en la oficina, en la calle, en la ciudad, en el país. No hay sitio donde no suceda algo que perturbe mi tranquilidad. ¿Será por eso que los seres humanos cada día se insensibilizan más?¿Es por ello que el individualismo es la bandera del día a día? Parece que nadie se solidariza con nadie y muchos creen que “alguien más” podrá arreglar las cosas, porque hay circunstancias de la vida que son dolorosas y difíciles de afrontar.
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A mi pocas veces me pasan cosas, pero caen con todo su peso y las considero suficientes cuando me pasan una vez. Pero hay personas que viven injusticias constantemente y, en ocasiones, aunque no quiera involucrarme, termino en la distancia pensando en lo terrible que debe sentirse.
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Esta semana me ha pasado de las dos partes, algunas propias de las que no sé si me recuperaré sanamente y otras que han contribuído a alimentar la tristeza que ya me embarga. De verdad trato de hacer costra de todo esto, pero ya se sabe cómo es el principio de cada herida, mientras va sanando por encima, duele por debajo y por dentro.
El problema no es el tiempo que pasa sino lo que ocurre luego de un golpe; en ese momento se diluyen los sentimientos, se apagan las llamas, se insensibiliza el corazón y finalmente, ya no se siente nada. Es un paro cardíaco al amor.
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Primero sientes el golpe en el pecho, las piernas flaquean y vas cayendo, casi te desmayas. De pronto, intentas sujetarte de lo primero que encuentras (los recuerdos bellísimos, las palabras sentidas) pero te resbalas y terminas inmóvil en el suelo, mirando fijamente el techo, mientras sientes que se va apagando el corazón.
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No hay intervenciones. No hay nadie que te rescate porque aunque grites y hayas tenido síntomas de una explosión, nadie te escucha, nadie te siente, nadie se preocupa. Nadie siente como gira el mundo, ni mira como te vas aguantando de las paredes para no caer.
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La señora agonía te mantiene pegado contra el suelo y no hay manera de pedir auxilio; poco a poco las lágrimas van deslizándose y tus ojos van cerrándose. Ya cuando te encuentren en el suelo, no habrá remedio.
Ahora si… vamos en la recta final, ya no hay marcha atrás y si nos descuidamos alguien se queda.
Nuestra historia merece una película. En una novela no quedaría bien, porque tiene escenas rebuscadas con rasgos de Un long dimanche de fiançailles (2004) y una protagonista que se parece mucho a Amélie Poulain; además, en el celuloide, proyectada en el cine, todos podrían entender de qué va nuestras vidas, y sin dar explicaciones, por qué sobrevivimos.
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Nunca se me olvida el momento exacto en que nos conocimos. Puedo recordar lo que pensé cuando te vi (…) y el momento preciso en que te vi; cómo ibas vestido y cómo estaba vestida; tu manera de expresarte y tu sonrisa.
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Me encantó tu voz, tu mirada, tu cortesía. Ese micro espacio en el tiempo lo coloco en primer lugar para iniciar esta historia. En ese momento no sabíamos quien pretendía rescatar a quien, ahora sabemos que era algo que ambos queríamos hacer siempre. Tu, mi héroe, yo, tu heroína.
Espero que la buena voluntad comience a tomar su camino luego de Semana Santa, y que no hayan más eventos que atenten con la regularidad del trabajo. La mudanza de la oficina, la inauguración del edificio nuevo y el asalto que viví, sin contar con el atraso del trabajo, han hecho que mi estado de ánimo haya estado muy voluble en estos días. Y aunque hoy estoy terminando un texto muy atrasado, al menos sé que podré estar en casa descansando los pies y feliz. ¡A descansar ‘puej’!
A mi me ha funcionado. Cada vez que coloco el disco Mothership, me aisla y me traslada a un espacio neutro, donde no estorba el ruido que produce la gente y mucho menos hoy que se llevan la segunda tanda de muebles de la oficina para el edificio nuevo.
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El nuevo espacio, un poco más grande, no promete un futuro silencioso, aunque esperemos que las distancias propicien la tranquilidad y no la perturbación de alguien que levanta la voz porque no se escuchan los gritos.
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Me llevaré (por siempre) mis audífonos y colocaré Led Zeppelin cada vez que quiera olvidarme de todo, concentrarme en un texto y pensar en my love.